Unos 25 años después de la muerte de Marcelino, el H. Juan Bautista, que escribió su vida, recogió en otro libro los apuntes que había tomado en las charlas que el P. Champagnat daba a los Hermanos.   Este libro lleva el título de «Sentencias, Enseñanzas, Avisos e Instrucciones», y consta de 41 capítulos.
   De él hemos tomado estas cinco «enseñanzas espirituales» .
 
   
  1.- Los primeros puestos
     Explicando el evangelio de la fiesta de Santiago en que la madre de los hermanos Zebedeos le pide a Jesús el primer puesto para ellos en su futuro reino, Marcelino comentó a los hermanos que también él quería que los maristas ocupasen los primeros puestos en tres sitios muy especiales.
  • El primer puesto en el portal de Belén:
     Ahí es donde Jesús se manifiesta sencillo, pobre, hecho uno de nosotros, carne débil para nuestra salvación. Por eso hay que estar muy cerca de él.  Hay que meditar en su encarnación, hay que copiar su sencillez, hay que vivir su estilo oculto y pobre.
  • El primer puesto en la Cruz:
     En la cruz es donde Jesús se entrega por los demás, donde se hace dolor que salva y donde sufre en servicio de la voluntad y el querer del Padre.  Por eso hay que estar muy cerca de él.  Hay que ser fiel a lo que Dios nos va pidiendo, hay que aceptar el dolor y el sufrimiento para convertirlos en salvación y alegría.  Hay que ofrecer lo mejor de nosotros mismos, la vida entera si es necesario, por los demás y por sus necesidades.
  • El primer puesto junto al Sagrario:
     En la capilla, en el altar, en el Sagrario, Jesús está vivo y presente.  Se hace pan y alimento para nosotros.  Se hace alegría de la comunidad que se reúne en su mesa.  Por eso hay que estar muy cerca de él, hay que ocupar el primer puesto junto a él.  Saber rezar en la capilla y aprender de este Jesús, que es pan y vida, a ser generosos, a ser todo para los demás.
 
  2.- El ayuno de Cuaresma
     En el Hermitage había un extraordinario ambiente de vida religiosa y vida de familia.  Los más jóvenes se animaban con los mayores, y éstos se sentían muy felices con el entusiasmo de los primeros.
     Un año, cuando la Cuaresma estaba a punto de empezar, todos pensaban en ayunar y hacer penitencia.  También los Hermanos más jóvenes.
     Estos nombraron seis delegados para ir al cuarto de Marcelino y pedirle permiso para hacer duras penitencias cuaresmales.  Eso le dijo el mayor de los delegados que no tenía todavía dieciséis años.  Marcelino los mandó cenar bien aquella noche y les prometió una contestación en la charla del día siguiente.  Efectivamente, en la «enseñanza» de la mañana siguiente, les explicó "el ayuno que le gusta a Dios" :
  Hay que hacer ayunar a los ojos.  Hay que mirar hacia adentro.  Hay que ser profundos y no perderse en superficialidades.
  Hay que hacer ayunar a la lengua.  Hay que hablar más con Dios y buscar las palabras auténticas que nos ponen en contacto con los demás, dejando sin alimento a las palabras vacías y sobre todo a las palabras ofensivas.
  Hay que hacer ayunar a los defectos, al egoísmo, a los caprichos.  Hay que dejar que se vaya quedando sin fuerzas nuestra pereza, nuestra tristeza, nuestro orgullo.
  – Y, finalmente, hay que tomar mucho alimento en nuestro corazón y en nuestro espíritu.  Hay que rezar con fe y con fervor.  Hay que participar en la eucaristía.  Hay que abrir el corazón a los pobres.  Hay que ayudar mucho a la gente que lo necesita.
     Después de explicar así el ayuno de la Cuaresma, Marcelino animó a los jóvenes a hacerlo con todo su entusiasmo y también les permitió ayunar corporalmente los viernes a pesar de que por su edad no tenían obligación de hacerlo.
 
  3.- Las pequeñas virtudes
     Marcelino era un hombre, muy práctico.  Una vez, el Hno. Lorenzo, que era todo sencillez, le vino a decir que en una comunidad cercana a la suya, los hermanos, a pesar de que eran buenos, no vivían felices, tenían sus líos y andaban con algunas peleas.  Y al mismo tiempo le pidió remedio para evitar tales problemas.
     Marcelino le contestó con una charla larga en la que le decía que el tema de vivir contento en un grupo, y la felicidad de la amistad, no se resolvía con grandes teorías, sino con pequeñas virtudes.  Y le dio la siguiente lista de «pequeñas virtudes»:
  Saber perdonar y disculpar con alegría lo que no nos gusta en los que viven junto a nosotros.
  Disimular y hacer como que no se ven esas cosas que otros hacen mal y que a veces apuntamos para echarles en cara cuando estamos enfadados.
  Tener un gran corazón para ayudar a quien sufre o lo pasa mal.
  Estar siempre alegres y contagiar alegría a todos.
  Saber ceder en las ideas y opiniones, y no encerrarse en ellas.
  Estar dispuesto a ayudar siempre, a echar una mano en las cosas que nos pidan los demás.
  Ser educado y respetuoso, y prestar a todos las debidas atenciones.
  Tener mucha paciencia.  Saber dejar las ocupaciones propias para escuchar a los demás, para ayudarles si lo necesitan ...
  Ser de buen carácter y evitar los momentos de enfado, de tristeza o de mal humor, conservando siempre un estado alegre.
  Y pensar más en los demás que en uno mismo.
     El H. Lorenzo y muchos otros aprendieron con estas ideas que la vida de familia es feliz cuando crecen en ella los mil detalles que Marcelino les dijo con su lista de pequeñas virtudes.
 
  4.- El Hno. Hipólito y su lámpara
     El H. Hipólito entró en la Congregación a los veintiséis años.  Su oficio era el de sastre.  Y ese mismo oficio tuvo en el Hermitage durante muchos años.  Como quería mucho la casa, por la noche, con un pequeño farol, recorría todos los lugares para cerrar bien las puertas, apagar las luces y ver si todo estaba en su sitio.  Esta imagen del H. Hipólito y su farol, le inspiró a Marcelino una charla sobre algo que es muy importante en todo hombre: el espíritu de reflexión y la prudencia, que son como una lámpara en la vida, ayudando en los momentos difíciles y animando las mejores acciones y compromisos.
  -- La reflexión y la prudencia son necesarias al hombre con personalidad.
     Hay que tomar decisiones, hay que saber ser firme, hay que comprometerse con los demás y sus necesidades.  Una buena personalidad está fundada en la sensatez, en el saber pensar, en el actuar con equilibrio.
  -- La reflexión y la prudencia conservan lo mejor de uno mismo.
     Todas las cualidades de una persona, sus virtudes, sus valores, se guardan y crecen si esa persona es prudente, reflexiva.  La alegría es bondad del corazón y no jolgorio vacío.  La disponibilidad y la entrega son fruto del acercamiento a las necesidades de los demás.
  -- La reflexión y la prudencia ayudan frente al mal y frente al egoísmo.
     Y es que el mal siempre nos ronda.  La violencia, el egoísmo, la superficialidad, los caprichos, la pereza ... Un corazón reflexivo detecta enseguida el mal e intenta evitarlo, y se controla con las precauciones necesarias.  El mal es un camino de sombras, y la prudencia lo ilumina, así puede evitar lo malo.
  -- La reflexión y la prudencia deben crecer con los años y lo que uno va viviendo.
     Los buenos educadores, los buenos padres, los amigos y las personas que dirigen a otros tienen que tener esta cualidad de ser prudentes y reflexivos.  Con reflexión se sabrá cuándo hay que felicitar y cuándo hay que corregir, cuándo estimular y cuándo poner límites a actividades y planes.  De la prudencia debe nacer la bondad, la comprensión, la acogida, y hasta la autoridad.
 
  5.- La educación de los niños
     Marcelino habló muchas veces sobre la educación de los niños, y habló porque le salía del corazón, porque él era un excelente educador.  Distinguía muy bien la instrucción (para ello bastan maestros, decía), la catequesis (que se puede hacer sin necesidad de escuelas) y la educación o cultivo integral de toda la persona del niño.  De alguna de sus charlas son estas ideas:
  Educar al niño es abrir su inteligencia.  
   Y esto significa que en el mundo de sus ideas, de sus saberes, van integrándose las manifestaciones del amor de Dios, su revelación salvadora sobre todo descubierta en Jesús y en los más necesitados.
  Educar al niño es formar su corazón
   Y en él la semilla de las buenas disposiciones, la acogida, la cordialidad, la generosidad, la sensibilidad frente al dolor y la necesidad ajena.  Y en él el amor a Jesús, el cariño a María, la dicha de ser familia.
  Educar al niño es fortalecer su voluntad
   Construirla desde valores y principios auténticos; ayudarla con la bondad y la rectitud; reforzarla en la obediencia y la sumisión a quien manifiesta amor y cariño.
  Educar al niño es hacerle crecer en el amor a Dios.  
   Y para ello la formación en la oración, la alegría de ser cristiano, la esperanza, el perdón ...   Y, por otra parte, la lucha contra el egoísmo, la violencia, el mal que siempre nos rodea.
  Educar al niño es hacerle amar el trabajo.  
   Y con constancia, con disciplina, con orden ... al servicio de la propia persona y de los demás.
  Educar al niño es apoyar su desarrollo físico.  
   En la fuerza y el vigor, en la salud y el buen crecimiento hay unos elementos muy importantes para la felicidad, que no se pueden olvidar en la educación.
     Marcelino tiene otras muchas ideas en este campo, pero se podrían resumir en una frase suya que siempre ha estado en el corazón de todo marista: «para educar a los niños, hay que amarlos», lo que quiere decir que se educa porque se ama, y que educar es amar.
 
 

Resumen publicado en «Champagnat - Bloc de apuntes».  Delegación de Pastoral. Provincia Marista de Norte.

 
 

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